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Palin a través de la historia: desarrollo y sentido cultural

Diversos cronistas españoles dieron cuenta de la importancia del palin en las tradiciones culturales mapuche. Sus componentes sociales, políticos y ceremoniales fueron las principales razones que impulsaron a las autoridades españolas a prohibirlo en sucesivas ocasiones durante la Colonia.

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El palin es un juego de bastón (weño) y bola (pali) de origen mapuche, que posee un fuerte componente ceremonial y político, funciones que combatieron primero los conquistadores y luego el Estado chileno.

De acuerdo a los primeros testimonios escritos que datan del siglo XVI, su ejercicio se extendía entre el valle central de Chile y la isla grande de Chiloé.

En Histórica relación del reino de Chile, el sacerdote jesuita Alonso de Ovalle cuenta que el palin era practicado por hombres, mujeres y niños con grandes demostraciones de agilidad y ligereza (1646:93).

El cronista Diego de Rosales expresó en Historia general del Reyno de Chile, que los españoles lo miraban con desconfianza, pues muchos de sus jugadores y aficionados eran guerreros que "Desde niños se crían en el trabajo y se ejercitan en luchar, saltar, correr y hacer pruebas de fuerza, y lo principal [es que] sus juegos son para ese ejercicio, como el de la chueca". Explicaba también que otra razón del rechazo eran las "invocaciones del demonio para que la bola les sea favorable" (1877:169-170).

La revisión de estas crónicas y otras fuentes históricas realizada por Carlos López (1992), verificó la existencia de diversas prácticas religiosas y rituales que acompañaron la realización de un palin. Entre ellas, el autor destacó:

  • Curar o bautizar con sangre de guanaco o cordero, y con humo de tabaco los instrumentos de juego, acción llamada dagun.
  • Incrustar uñas de animales de rapiña en los extremos curvos de los bastones.
  • Inyectar polvo fino de roca o de huesos de puma bajo la piel de brazos, cuellos, piernas y espalda de los jugadores. Este procedimiento llamado lawenfura o katanlikan, tenía como fin dotarlos de fuerza y resistencia para el juego y la guerra.
  • Realizar una ceremonia en la víspera del partido llamada perulpalin, en la que los jugadores efectuaban desafíos cantados para infundirse ánimo.

En el siglo XVIII todavía era común convocar al palin para resolver de manera pacífica conflictos entre dos comunidades o para tomar decisiones controversiales.

Por ejemplo, a fines de 1787, la comitiva del Obispo de Concepción, Francisco de Borja, partió en una misión evangelizadora hacia el interior del territorio, pero fue emboscado por una comunidad enemiga a los españoles. Fue en su auxilio el lonko Kurumilla, que era cercano a las autoridades coloniales, y convino con su captores una partida de palin que duró dos días y decidió que los españoles debían abandonar el territorio invadido (López, 1988:23-29).

Ya en época republicana, el educador polaco-chileno Ignacio Domeyko, relató en Araucanía i sus habitantes, el funeral de un conocido cacique a quienes sus familiares lo enterraron junto a su weño (1846:59). Ello demuestra la importancia y persistencia de esta práctica hasta mediados del siglo XIX, y el prestigio que tuvieron los palife entre sus comunidades.

A comienzos del siglo XX, el cacique Pascual Coña en Vida y costumbres de los indígenas araucanos, describió cómo las mujeres preparaban con antelación grandes cantidades de comida y chicha para el palin, al compás de música ritual. El día de la partida, eran ellas quienes se colocaban detrás de la zona de anotaciones para alentar a sus equipos con el cántico: "Ven bola, que ganen nuestros maridos" (1936:28).

Durante gran parte del siglo XX, se modificaron los elementos centrales del palin y se popularizó como un simple juego recreacional. Sin embargo, en el marco del proceso de revitalización del pueblo mapuche, en la actualidad se intenta rescatar su importancia política y social.

Enrique F. Herrmann, sin fecha. Colección fotográfica Museo Mapuche de Cañete

Prohibiciones del palin durante La Colonia

Prohibiciones reiteradas sufrió el palin en los siglos XVII y XVIII, pues las autoridades civiles, militares y eclesiásticas españolas consideraron que su práctica era contraria a sus intereses.

La Iglesia aplicó las primeras sanciones, ya que creía que estos encuentros fortalecían el paganismo y atentaban contra la moral cristiana al participar activamente las mujeres en él.

El gobierno colonial se plegó a estas disposiciones pues consideraron que era una instancia de organización de rebeliones y alzamientos indígenas, que solucionaba conflictos al margen de la institucionalidad y alejaba a los mapuche de los trabajos forzados.

Los castigos recayeron sobre la población que estaba bajo la jurisdicción española. Quienes vivían al sur del río Bío-Bío continuaron con su práctica, ya que la frontera con los conquistadores se estableció en esa zona después del levantamiento de Curalaba.

En 1648, 1688, 1744 y 1763 nuevas prohibiciones incluyeron a mestizos, zambos, mulatos y españoles. La repetición de estas medidas da cuenta de la expansión territorial y social del palin, y del escaso nivel de efectividad que tuvieron los reglamentos y sanciones.

Los reclamos más extendidos apuntaron al comportamiento indecoroso de las mujeres, y al ausentismo laboral masculino. Según Carlos López, ello expresaría el claro intento de dominación y explotación de las autoridades amparadas en el orden moral de la Iglesia Católica (2009:105).

Los castigos eran severos para quienes desobedecían. Sin embargo, a los mapuche se les infringieron penas mayores que a otros grupos sociales, con el fin de visibilizar su incumplimiento y adoctrinarlos en la obediencia de las normas impuestas.

Las constantes persecuciones coloniales buscaron mermar el palin, sin embargo logró revitalizarse a mediados del siglo XIX producto del auge agrícola del territorio mapuche.

Luego de la ocupación de la Araucanía su práctica sobrevivió, aunque mediante el repliegue progresivo de sus elementos rituales y ceremoniales. En ello incidió la disminución de los recursos, ya que el escaso patrimonio no permitía organizar encuentros tan frecuentes ni convocar a comunidades más distantes.